Tu me miras y te ries. Apareces salido de la nada, me conversas, me intrigas y me interesas. Sobretodo me interesas.
Un delirio con vos, un delirio de vos, un delirio por vos. Que te me acercas con cara de mírame y no me toques pero mírame que sin ti me muero y no puedo. Un beso o dos, como de niño chiquito. Una distancia y una lejanía prudente en la cima de una montaña, a lo alto de una laguna de frio inclemente. Yo te miro, me rio, me atrevo. Vos me hablas, con la arruga que sabe hacerse al lado de tu labio, vos me hablas me mirás, te reís, me haces reir. Llenando el silencio con preguntas inconclusas y oscuras. Palabras que quieren encontrarme sin decirlo directamente. Palabras, risas, fotos, muchas fotos, fuego, ese que nos calienta, ese con el que estamos jugando.
Tu me miras y sonries, y no dices nada. Solo me miras, me abrazas para que me pierda en tus huesos. Me aceleras el alma y la piel. Tu me miras y sonries y me matas. Y me tocas, un poco atrevido, un poco tímido, un poco suave, pero firme. Y llegas despacito a mi boca.
Tu me haces respirar rápido, y me das calambre en las manos. Tu me haces querer más y decir lo inconfesable. Tu me haces soñar y delirar que quiero, que no puedo, que no debería, lo que se que podría funcionar, lo que me da miedo decidir que sea.
Y me atrevo a mirar, y a reirme y a dejar de ser un poco dueña de mi control y lo que digo y lo que hago. Y te miro, y me intimido. Y no, deja de mirar el reloj que tienes que quedarte a terminar lo que empezaste. Me haces dar cuenta de mi falta de costumbre y tacto en estos procesos. Me haces querer llenarte la cabeza de dibujos e ilustraciones. Claro, yo que iba de bajada cuando llegaste tu con tus miradas.
Tu me miras y te ries. Yo deliro. Tu me dibujas y me miras, y te ries.